Antes que 'The Creator', fue 'The End of Violence' [y también, 'Eye in the Sky'].

Lacónica, mesurada y conceptual, 'The End of Violence' permanece como una de esas películas que pocos han visto y quienes lo han hecho, comprenden y hasta disculpan que esté tan pésima e injustamente calificada en IMDB: no es una cinta que vaya a agradar a todos, mucho menos a quienes no estén familiarizados con esa forma tan suya que tiene Wim Wenders de narrar.

¿Cómo hablar de esta cinta sin caer en los espoilers, sin exponer la parte central del filme, y que a muchos resultó incómoda al punto de que se habla de todo, menos de ese eje central cuando leemos reseña tras reseña en IMDB y sitios afines?

La idea de 'un gran ojo en el cielo' no es nueva, y remite incluso a mitologías y cosmogonías cuyo nacimiento se pierde en los albores de la historia. Ese 'poder' que otorga una posible 'omnivisión' en tiempo real, donde la distancia física se anula y queda de relieve la posibilidad de ofrecer salvación o castigo inmediatamente, ha dado pie a variaciones cristalizadas en diferentes filmes.

Eye in the sky, de 2015, dramatiza la tragedia de las acciones inmediatas, donde la capacidad y obligación de tomar decisiones tiene prioridad sobre el análisis y la reflexión de lo que conllevan implícitamente dichas decisiones.


El aderezo principal de 'The creator' es la añadidura de una capa extra, las IAs conviviendo con el hombre de a pie, en un ambiente donde no existen conflictos al momento de intentar realizar labores cotidianas que van desde el mero aseo, hasta la toma de decisiones militares, gubernamentales y económicas. La subtrama: los hombres peleando contra las IAs cuyo último bastión se encuentra en Asia.

Para facilitar la tarea, una gigantesca nave colocada estratégicamente en órbita fija alrededor de la tierra, que puede ir de un lugar a otro en cuestión de minutos y eliminar objetivos con una precisión quirúrgica, hace las veces de guardián y verdugo, cuyas amonestaciones y castigos se miden en kilotones asignados y teledirigidos por rayos láser.

Wenders nos pone de frente ante una sociedad en la que es factible la existencia de un sistema que no sólo observa y vigila, sino que ejecuta inmediatamente una sentencia y castiga sin dilación crímenes que merecen o llevan implícitos la pena capital como veredicto.

Claro que las connotaciones morales de esto son inabarcables. ¿Quién tendría el derecho de 'accionar el botón', cómo discernir las imágenes que muestran los sistemas de video-vigilancia y traducir lo que esas mismas imágenes están registrando, cómo lidiar con la posibilidad de cometer un error sabiendo que la impronta de tal error es a un mismo tiempo, permanente e irreparable?

Gareth Edwards intenta narrar desde una perspectiva donde tales cuestionamientos intrínsecamente, o son inexistentes, o han sido previamente superados. Las IAs acusadas y juzgadas son perseguidas al punto de pretender su destrucción y de ser posible, aniquilación total. Estas mismas, conscientes de su papel y de su propia naturaleza, buscan la supervivencia y no dudan, al mismo tiempo, en dar de tiros a los 'humanos' que pretendan atacarlas.

Aquí es donde convergen los filmes ya mencionados. ¿Quién es responsable por la bomba que cae, por la mira láser que ajusta y define los blancos, por la orden dada al operador que trabaja en una estación de mando remota; en esa cadena casi inextricable, quién puede adjudicarse sin pestañear o sin cuestionarse, la legitimidad de una acción de tal envergadura?

¿En qué punto la defensa se convierte en ataque, y la discusión se transforma en justificación y exoneración?

En este mundo, alienado y raquíticamente informado a pesar de la saturación de información que reciben sus individuos todos los días en todas las plataformas digitales, es de agradecer que haya quienes intenten si no dar una respuesta, sí exponer en la gran pantalla que tales temas nos incumben a todos en cuanto individuos inmersos en una sociedad donde, quien tiene el poder de accionar el botón, bien pudiera no ser ni el más idóneo, capacitado, cualificado -agregue el epíteto que desee- y a pesar de ello, pueda borrar de la faz de la tierra a quien se le de la gana, por un mero error, cambio en el humor, coacción o interés personal.

Y eso, más que una distopia 'post-apocalíptica', es un escenario de terror sobre el que, muy a nuestro pesar, nosotros somos meros actores secundarios que no saben en qué momento saldrán -o serán sacados- de la escena.

1765.
Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.

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