Del uno al cero, o "La destrucción como forma de pervivencia".
Pensaríamos que digitalizar un documento, o una canción grabada en un cedé o en un casete, equivale a extender su existencia, asegurando su permanencia e interacción con este mundo.
Si pensamos en términos de lo inmediato, basándonos en las ilusorias medidas y gradaciones del tiempo y la avalancha de tecnología que nos permite disponer, literalmente, de un invento más cada día, daríamos por hecho que una pista vertida por nuestro antiguo yo -el de hace veinte años, mediados de la primera década de este siglo, emocionado con un inocente mp3 a 128 kbps- y transformada en una parte de nuestra biblioteca, almacenándolo en un disco duro ssd, nos mantendría a resguardo y seguros ante una pérdida de datos.
Pero no es así.
Otro tanto pasa con los libros que, envejeciendo en sus estantes, parecen condenados por los derechos de autor y las empecinadas editoriales que lucran con su mercadería y prefieren ver arder sus inventarios con todo y ediciones príncipes, antes que permitir que circulen libremente por la red de redes.
En el caso del hipotético archivo mp3, deberíamos aceptar la permanencia como penitencia o castigo de un archivo mutilado, con poquísima fidelidad en los registros más graves y los más agudos. [Hoy, me he resignado a la imposibilidad de tener acceso al cd 'demo' de cierto sello underground que, hace 25 años, editó 'Copacabana 3000', de Nepravedne Sankcije como parte de una compilación y del cual salió un archivo mp3 y otro en wma, que circulan embebidos en sendos videos de Llutuve con una raquítica calidad de 96 kbps.]
El caso de los libros es un tanto más espinoso, ya que al manipular objetos susceptibles de sufrir marcas, daños físicos que algunas veces son irrecuperables o irreparables, nos lleva a preguntarnos cómo se las ingenian grandes proyectos de digitalización como los impulsados por Archive y GoogleBooks.
Sobre esto, ha corrido un montón de tinta y es curioso; a partir 'de la pandemia' sobre este tema se habla poco y pareciera que nos hemos resignado a una destrucción sistemática de títulos con la esperanza y dicha agridulce de obtener títulos compatibles con los diferentes lectores electrónicos que existen en el mercado.
Archive, por medio de su blog y entrevistas realizadas a su personal -ese ejército que se deja los ojos y las cervicales en los centros de escaneo- ha dejado en claro que no destruye libros. Explica que su método/forma de trabajo consiste en escanear, con sistemas creados ad hoc y con altísima resolución, página por página, para después catalogar el libro y colocarlo en una storage-box, donde se resguarda con temperatura y humedad controlada. Piénsese esto, multiplicado por cientos de miles de volúmenes, probablemente algunos millones ya, a estas alturas de la historia.
En cambio, GoogleBooks nos deja con la duda de qué tan cuidadosos serán con sus procesos y procedimientos. Es algo más que frecuente encontrar páginas borrosas, dobladas, guantes o dedos en los escaneos mismos, y los sujetadores o clips metálicos que, no es difícil sacar las conjeturas, dañarán terriblemente los volúmenes escaneados.
No obstante, esto no llega a traspasar otros límites. Las grandes ligas, la inconcebible atrocidad de las digitalizaciones analógicas llevadas a cabo por las mismas editoriales que, incapaces de acceder a formatos descontinuados, optan por lo más rápido e inmediato. Mutilar los lomos, cortando y pasando por un escáner de alta velocidad los textos, vertiéndolos en formatos gráficos sobre los que se ejecutan motores OCR y que permiten una salida en pdf con capacidad de copiar y extraer texto.
Cuando vemos libros como los de la Colección Austral, de la Espasa-Calpe, es imposible no sentirnos azorados y deshechos. Para conseguir un resultado como el que se muestra a continuación, es necesario, forzosamente, destruir o por lo menos, mutilar el libro:
Quienes poseemos algunos volúmenes de esa colección sabemos que los márgenes, especialmente los que se encuentran en el área que conforma el lomo, son apretadísimos, mínimos y llegan incluso a dificultar su lectura.
Estos volúmenes no están cosidos, sino que han sido pensados para minimizar los costos y para ello, se ha elegido el método más simple de utilizar pegamento y colocar las pastas como una forma de cubierta y soporte del lomo embadurnado con el pegamento ya mencionado. Un volumen viejo deberá tratarse con especial cuidado ya que ese lomo, al menor descuido, se quebrará y esto permitirá que comiencen a perderse las hojas.
Con el tiempo y el descuido, esos libritos pueden transformarse en verdaderas barajas.
Si pensamos en el hipotético ssd, encontraremos que como una forma de almacenamiento, también es poco recomendable. Un ssd que se deje desconectado, en un par de años habrá sufrido una degradación que, aunque también se da, no alcanza los ritmos de los discos duros mecánicos. Y no obstante, pensamos que una memoria del tamaño de la uña del dedo meñique incrustada en la circuitería de nuestro teléfono celular, nos puede garantizar el acceso inmediato a nuestra información o nuestros datos. Hemos renunciado al cedé, a los platos de los discos duros mecánicos, al papel fotográfico, al rollo de 35 mm.
Para preservar una fotografía, pensamos en un álbum, impreso bajo demanda y encuadernado según nuestro gusto. En el caso de los audios, optamos por 'subirlos a la nube' y confiar que el proveedor seleccionado realmente haga a su vez respaldos periódicos y nos libre de la molesta obligación y tarea de pasar de formato a formato y soporte a soporte, permitiendo tener un acceso inmediato a nuestra información.
Y, para preservar ese audio, esa fotografía, deberemos, a sabiendas, de sacrificar un millar de archivos que jamás volveremos a escuchar y fotografías que no llegaremos a ver.
Lo paradógico de esto es constatar que el álbum de los abuelos, con sus fotografías sepias, serán capaces de sobrevivir otros cien años sin mayores problemas, y las fotografías que recién tomamos en navidad, hace un par de meses, en un par de años se habrán perdido -con nuestra venia, valga decir-.
Pareciera que hemos llegado al punto en que la forma por excelencia del recuerdo es el olvido, y la única posibilidad que tenemos de ejercer nuestro derecho a la memoria es decir cuáles cosas no merecen ser resguardadas y deberán perecer bajo las arenas del tiempo.
1817.
Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.
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